¿Por qué empezar desde los ojos de los activistas?

Foto Shakeeb Al Jahri. CC 2.0.

Foto Shakeeb Al Jahri. CC 2.0.

En 2011 la atención mundial se centró y descubrió a jóvenes árabes formados, que innovaron con el uso político de las redes sociales y que parecían tener una varita mágica para señalar y derribar dictadores. No era para menos. Una agitación empezó en Túnez y afectó a casi todos los países árabes. Los alzamientos no pararon en esa zona del mundo. 2011 fue señalado como el año de las protestas. Madrid, Barcelona, Londres, Nueva York, Estambul, Brasil… copiaron los métodos de la Kasbah o Tahrir.

El dedo señaló la luna y… Es difícil, muy difícil poder conocer todo lo que sucede en un mundo cada vez más acelerado y cambiante. Y había muchas novedades sobre las que conocer. Esa generación de jóvenes, mayoritarios en muchos países árabes, sin expectativas laborales ni posibilidad de protestas estaba más formada y lejana de la legitimidad de las independencias coloniales que asentó a muchos dictadores. Pero no estaban solos ni los cambios iniciados en sus países venían sólo de sus esfuerzos. Hubo huelgas mineras en Sfax (Túnez) o Mahalla El Kubra (Egipto), movimientos por el cambio como Kefaya, también ese mismo país…

Después de los primeros meses de 2011, el resto de agentes y grupos sociales de sus países, y todo el grupo “externo” que siempre está pendiente de una zona clave, volvieron a emerger. Si en 2011, la luna fueron los activistas; 2012, fue el turno de los partidos islamistas; 2013, el de las guerras y 2014, el de la reemergencia de Al Qaeda y, luego, el Estado Islámico. ¿Habían desaparecido alguna vez?

Nadie sabe como se genera un cambio social, ni cuando empieza o como acaba. Porque como escribió Ricard Kapuscinsky sobre la revolución iraní de 1979 en “El Sha, o la desmesura del poder”: “un atentado o una sublevación militar se pueden planificar; una revolución jamás. Su estallido, el momento en que se produce, sorprende a todos, incluso a aquellos que la han hecho posible. (…). Y lo arrasa tan irremisiblemente que al final puede destruir hasta los lemas que lo desencadenaron”. Los activistas siguen en sus países, pasado el momento en que sus chispas encendían fuegos, muchos han sido detenidos, torturados o muerto. Algunos están fuera de sus países y otros esperan su momento, haciendo pequeñas campañas. Otros siguen, incluso ahora mismo, dentro de la devastada ciudad de Alepo (Siria).

Foto César López

Foto César López

En todo caso, su empuje ayudó a romper viejos estereotipos que pasaban por una excepción árabe, o musulmana, sobre la democracia. Rompieron el miedo a la represión y lanzaron mensajes revolucionarios sobre la unidad de sus países o las relaciones entre religión y política. Han recibido una lección dolorosa y aprendido en sus carnes la dificultad de un cambio que a partir de finales de 2011 les enseñó todas sus garras. Y quizá conocido la complejidad y posibilidades de cambio de sus diferentes países, desde Marruecos a Yemen.

Por esas razones, los activistas de los países árabes merecen la documentación de este periodo excepcional abierto en 2011, con sus aciertos y errores. También, su relación con todo lo que conocemos hoy, en 2015, que nunca desapareció, quizá sólo cambió de forma. Porque hubo muchas cosas en el pasado y porque, seguro,  se avecinarán nuevos cambios en el futuro.

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